En un instituto de Barcelona, Ivan Ortega, profesor de 28 años, crea un examen completo en poco más de 15 minutos. Su compañero, en la cincuentena, emplea más de una hora para lo mismo. La diferencia no radica en su experiencia o dedicación de los docentes, sino en el dominio de un nuevo dialecto: el arte de conversar con la inteligencia artificial. Mientras el primero aprende a formular peticiones con precisión, el segundo observa cómo se alza una barrera invisible. No es una brecha digital, sino de lenguaje.
