
García Lorca es intraducible: una sucesión de imágenes que solo en español puede alcanzar a entenderse, algo así decía Paco Ibáñez en un disco que poníamos en bucle mucho antes de Rosalía. Con Europa sucede algo parecido. Es un bicho francamente difícil de traducir, un “pez sin escamas ni río”, que decía Federico: la Unión es un cuchillo de filo cortante, a veces capaz de actuar con una violencia oscura, a veces capaz de desbrozar caminos entre la selva plagada de depredadores que nos traen los Trump, los Putin y demás personajes de esta temporada geopolítica de Los Soprano. Europa es la sexta luna de Júpiter. Es también la historia de un dios tan enamorado de la hija de un rey que se transforma en toro para raptarla. Es un circo de tres pistas en el que uno se queda ensimismado mirando a los malabaristas y se pierde el número de los leones y a la trapecista. La cumbre más decisiva de los últimos tiempos se alargó el jueves durante 16 horas. Cuando Pedro Sánchez salió a dar explicaciones, a las tantas, la prensa española le preguntó por su pelea con Yolanda Díaz, por Zapatero, por Plus Ultra. Demasiado circo: en los malabares del politiqueo español, siempre tan ruidoso, barriobajero y cortoplacista, los periodistas no supimos preguntar por dos pequeñas revoluciones que sucedieron de madrugada en Bruselas, esa fábrica de amaños. Nos perdimos los leones y a la trapecista.
